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Nigel Atkinson, innovando desde la tradición

El diseñador inglés lleva años en la cima del diseño textos alejado de las grandes masas, con la discreción de que se sabe exclusivo.
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La reina Rania de Jordania y la duquesa de Wessex forman parte de la exclusiva lista de clientes de Nigel Atkinson, un diseñador que admira la calidad y la pureza de los tejidos y que goza sometiéndolos a pruebas, como parte de sus procesos de investigación.
 
Cuando era universitario, inventó una técnica conocida como tinta reactiva al calor, que se expande para crear siluetas e imágenes en tres dimensiones al entrar en contacto con la tela. “Suena sencillo, pero es un proceso técnico que llevó varios años de pruebas, hasta perfeccionarlo”, explica.

Poco después de graduarse, fundó su estudio en Londres, cerca del mercado de carne de Smithfield. Ahora, Nigel es una persona de convicciones espirituales, que ha encontrado en la India el lugar ideal para recuperar técnicas artesanales de producción desaparecidas en otros lugares del mundo.

Con sello personal

Atkinson estudió Bellas artes y posteriormente cursó Diseño textil en el Winchester School of Art, en Reino Unido, al descubrir su fascinación por experimentar con diferentes materiales y transformarlos a través del diseño.

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Cuenta que su inspiración para desarrollar la tinta reactiva al calor surgió cuando en un mercado local encontró un juego de ropa de cama que quería replicar con la misma técnica que se emplea para la impresión de logos en camisetas.

“Hablé con los técnicos  de la universidad y me dijeron que era imposible, que este tipo de tinta era demasiado refinada. Gracias a mi insistencia dimos con la forma de hacerlo, de imprimir de forma dimensional”, explica a Ointeriores.

Atkinson admite que su trabajo sigue siendo más analógico que digital. Prefiere los talleres pequeños donde acaba estableciendo una estrecha relación con sus colaboradores, en vez de las multinacionales. “Cuando yo estudiaba existía una multitud de establecimientos en Londres que realizaban impresiones en tela de forma manual. Hoy en día, apenas puedo contarlos con los dedos de una mano”, se lamenta.

Siguiendo esta línea de establecer relaciones profesionales íntimas, confiesa que hace 25 años que utiliza el mismo taller, situado en el sureste de Inglaterra: “Con ellos he logrado refinar y perfeccionar el proceso; para mí es algo muy importante y que sólo se logra creando este tipo de relaciones”.

Al comienzo de su carrera su trabajo era más diverso, repartido entre clientes privados, teatro, cine y diseño de interiores.

En 1990 crea para el diseñador y escenógrafo alemán Hildegard Bechtler la capa Leaf, que fue utilizada en la obra de teatro King Lear, que se presentó en el Teatro Nacional de Londres. “Recientemente la reconvertí en tela para pared”, cuenta.

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Con Bechtler trabajaría dos veces más, en las obras Galatea y Electra e Isis. Aun así, no decidió continuar en este campo porque el teatro es “una ilusión creada en el escenario, mientras que lo textil reproduce un efecto intrínseco que se aprecia mejor a distancias cortas”, explica.

Otro de los sectores en los que ha trabajado Atkinson es el de la moda, sobre todo con el italiano Romeo Gigli a finales de los años 80. “Lo maravilloso de Gigli es que, a pesar de que por aquel entonces disfrutó de una gran fama, no hacía prêt-à-porter, sino que creaba piezas preciosas que eran objeto de coleccionistas”, rememora. Diseñó para él varias piezas de terciopelo y añade que él no se “rige por las modas o temporadas”.

Uno de sus últimos trabajos en el campo del diseño de interiores fue para el lobby del Waldorf Astoria, en Dubái. “Un panel satinado de color turquesa de 6 m de largo formado por unas olas de tipo antiguo”, explica.

Reminiscencia histórica

Atkinson respira sensibilidad por los poros. Habla bajito y con calidez, pero con la seguridad  del que  siente pasión por su trabajo. Es el mejor embajador de sus creaciones, pues lleva un pañuelo sedoso diseñado por él, que muestra su pasión por los tejidos naturales. Una camisa y un pantalón de lino completan su vestuario.

“Yo no trabajo como una corporación donde normalmente suelen planificarse las temporadas y donde las tendencias dependen de las ventas y la mercadotecnia”, se justifica. Su relación con lo textil está más relacionado con el arte que con la industria y no resulta sorprendente cuando confiesa que también le deleita pintar. “Me gusta recrear elementos como el viento, el movimiento que transmite y su influencia en el paisaje, que a veces puede ser tranquilo o violento”.

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La vena artística de Nigel Atkinson bebe de la historia y de pasajes como la ‘ruta de la seda’, “período en el que se entrecruzaron diferentes culturas y donde se intercambiaron diseños entre oriente y occidente, cuenta. Señala también al pintor italiano Tiziano como otra influencia, por cómo utilizó el color en sus cuadros y los ropajes que llevan sus personajes.

“El hombre siempre ha creado belleza. Cuando estoy en París me encanta visitar el museo del Quai Branly, donde es posible contemplar todas las artes indígenas del mundo. Cada una emplea un tipo de artesanía relacionada con la identidad”, cuenta sonriendo.

Para Atkinson, no es hasta el siglo XX que se crea una identidad basada en la marca elegida por el consumidor, pero para él “existe otro tipo de personas interesadas en algo más, en elementos que te conectan con un lugar y que son portadoras de historias”. Todos estos elementos son parte de su trabajo, a través de las líneas, las curvas y los motivos que adquieren movimiento con la luz y van transformándose con los reflejos de los rayos del sol.

FOTO: Cortesía Angel Atkinson 

Enamorado de la India

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La relación de Atkinson con la India fue una revelación que surgió a través del cine. “Eran los años 80; yo me había mudado a Londres. Una noche, estaba viendo Pather Panchali, de Satyajit Ray, una película extraordinaria en blanco y negro sobre la vida rural en Bengala occidental que captura algo muy difícil de expresar con palabras”. Estaba tan cautivado por las imágenes que decidió recorrer el país en busca de lo que sintió viendo el filme.

“La primera vez hice la ruta clásica: Nueva Delhi, Agra, Jaipur y Rajistán. Palpé la energía, la historia y la complejidad del país”, afirma. “Tras viajar varias veces, empecé a sentir las posibilidades que ofrecía el país, pero también era consciente de que era necesario encontrar la ruta de acceso adecuada”, explica.

Sus primeras visitas le sirvieron de inspiración y para adquirir bordados y otro tipo de telas y materiales. Su relación laboral con el país no comenzó hasta 1997 y sucedió en Londres: “Me llamó un joven empresario del sector textil para proponerme que trabajáramos juntos en Calcuta”, rememora. “Por aquel entonces, yo estaba trabajando en varias colecciones para las semanas de la moda de Londres y Milán, pero tuve una buena sensación sobre su proposición, así que acepté.”

Desde entonces, el diseñador realiza el muestreo de materiales y parte de la producción del país surasiático, en concreto en la región de Bengala occidental. También es en la India donde ha encontrado métodos de producción que son obsoletos en Europa, pero vigentes allá.

Señala un pañuelo de lana (con cualidades de seda) de la región de Assam. “Antes, este tipo de técnica la empleaban en Irlanda, pero los tejedores se fueron jubilando y nadie tomó el relevo. Tras realizar una búsqueda, encontré este taller donde mujeres locales todavía bordan de esta manera”.

También le gusta entremezclar materiales de un lugar con técnicas de bordado de otro. Muestra un chal como ejemplo: “Esto es lana de cachemira de Escocia, pero la procesamos en India para obtener un tacto diferente”. Admite que le gusta asumir el papel de preservar técnicas artesanales que corren peligro de ser olvidadas y se muestra orgulloso de ello.

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Centrado ahora en Japón, donde está experimentando con láminas de metal aplicadas en tejidos, Atkinson continúa con su afán de explorar técnicas oriundas para sacar partido de las cualidades de los materiales que él sabe tratar con tanta sabiduría.   

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