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Caras vemos, estilos no sabemos

OPINIÓN: El interiorismo mexicano no es fácil de definir, aunque existan algunas referencias de 'mexicanidad' en el diseño.
Daniel-Bronfman
Daniel-Bronfman - (Foto: Ilustraci�n Abraham Balc�zar)

No es fácil reconocer las aportaciones que la nación moderna que siguió a la Revolución Mexicana ha obsequiado al mundo del interiorismo, ya que a diferencia de lo que sucede cuando hablamos de interiores nipones, escandinavos o mediterráneos, que con facilidad llegan a nuestra memoria a través de imágenes que representan a esas regiones, en lo que toca a la imagen mexicana de interiores, fuera de las escenografías cargadas de papel picado de alguna taquería en Manhattan, ella no es clara ni simple de definir. 

En las épocas de la generación de arquitectos cercanos a la Revolución surgiría, de la mano de Carlos Obregón Santacilla o Federico Mariscal, una especie de art déco profundamente nacionalista y que en algo abonó el terreno de lo que comenzaría a ser el estilo mexicano moderno. 

Basta recordar las herrerías en los barandales que Mariscal diseñara para el interior de Bellas Artes, con esas reinterpretaciones de las grecas prehispánicas o las luminarias que recuerdan a algún órgano o cactus de la flora del basto territorio nacional.

En tanto que Obregón tuvo la suerte y el talento de desarrollar proyectos emblemáticos que van desde el Monumento a la Revolución, pasando por la sede del Banco de México a un costado de Bellas Artes, hasta el edificio del Departamento de Salubridad e Higiene, hoy Secretaría de Salud sobre Paseo de la Reforma, por enumerar sólo algunos.

Esto lo hizo recurriendo a buena cantidad de esculturas y símbolos decorativos que representan cierta mexicanidad, superficies pulcras con yeso y mármoles, pisos y basamentos de piedra, recintos y muros en los despachos recubiertos por lambrines de madera oscura hasta por los codos.

Por otras latitudes y de una procedencia totalmente distinta, pero en los mismos años, un Frank Lloyd Wright se encontraría terminando de construir una serie de casas en Los Ángeles, California, en un estilo que con un poco de libertad podríamos nombrar como 'neomaya'.

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Esas resonancias estilísticas provenientes de algunas libérrimas interpretaciones de 'lo mexicano' cuentan con varios recursos en común que encontramos en el pabellón de México para la Exposición Iberoamericana de Sevilla en 1929.

Sin embargo, no sería sino hasta la siguiente generación de diseñadores que México comenzaría a figurar en el espectro mundial a través de personajes como Mario Pani, Luis Barragán, pero especialmente la cubano mexicana Clara Porset. Si nos referimos a ella es tal vez por ser la que con menos fama pero con mayor claridad contribuyó a construir la imagen de lo 'muy mexicano', por los materiales empleados, mezclado con lo 'muy moderno' de la línea ligera de sus muebles.

Vale decir que el hecho de enfocarse en la producción industrial de muebles le permitiría mayor alcance fuera del territorio local, hasta el punto de llegar a compartir exhibición en el MoMa de Nueva York, con los Eames y Saarinen

De sus muebles podríamos destacar los realizados para los interiores de los departamentos en el conjunto multifamiliar Miguel Alemán y las Butaques.

Hoy vemos cómo diseñadores de la talla de un Bernardo Gómez Pimienta trascienden en otras latitudes con claros fusiles a los diseños de Porset o incluso de la mundialmente afamada silla Acapulco, de cuyo diseñador no se tiene noticia alguna. 

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* Daniel Bronfman Rubli

Arquitecto. Egresado de la UNAM, donde es académico. Está al frente de su propio estudio enfocado a la arquitectura doméstica, corporativa y al diseño mobiliario. 

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