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Un refugio para mujeres es Obra del Año en Equipamiento Urbano

Este edificio está diseñado para brindar una sensación de protección, pero también para restaurar la seguridad y la confianza a las mujeres víctimas de violencia.
Refugio mujeres
Refugio mujeres - (Foto: Cortesía: Omar y Hugo González Pérez/ Luis Gordoa )

Nota del editor: Este texto fue publicado originalmente en la revista Obras, en la edición Obra del Año 2018, correspondiente a agosto de 2018. Busca la edición  en su versión digital en magzter.com.

En un estado donde siete de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de violencia, un refugio para las víctimas se convierte en una necesidad. Los arquitectos y hermanos Omar y Hugo González Pérez diseñaron un edificio donde las mujeres de Uruapan, en Michoacán, pudieran sentirse a salvo. Ahora el Refugio para Mujeres Víctimas de Violencia se encuentra en los procesos administrativos previos a su apertura.

"El mayor aporte de la obra es tratar de generar ese albergue que dé protección a las mujeres víctimas de la violencia y las ayude a salir adelante", expresa Hugo González.

El refugio no tiene referencias previas o casos similares, aseguran los arquitectos. Esto se refleja en diferentes aspectos externos e internos del inmueble.

La fachada fue lo más sencilla posible. Por la necesidad que cubre, el edificio tenía que pasar prácticamente inadvertido el exterior es sumamente discreto: no hay más que una barda gris acompañada de un muro de ladrillo, donde por uno de los extremos sobresale una construcción triangular de color amarillo.

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Se trata del único acceso al recinto, cuyos muros forman una cuchilla estrecha que desemboca en la puerta, de apenas 90 centímetros de ancho.

El visitante camina por un pasillo estrecho de 12 metros de largo, al final del cual hay una luz. "Entras a un espacio angustiante (...) pero en el fondo siempre hay un camino, una salida, una luz", explica. En este espacio de bienvenida entra la luz natural que recibe al visitante, desde donde éste se incorpora a un corredor abierto.

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Ese camino lleva a las áreas de trabajo social, administración y a los consultorios médico y psicológico, los primeros pasos para la recuperación de las víctimas. Desde allí, el recorrido natural del edificio conduce a las habitaciones.

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En el centro están los módulos de uso múltiple, donde se impartirán talleres para ayudar a las mujeres a su reincorporación a la vida social.


Un centro de ayuda

Las áreas de talleres son espacios multifuncionales, cuyos salones pueden dividirse en dos más pequeños gracias a un muro plegable en el centro. A las orillas hay un huerto, donde las residentes aprenderán a cultivar y a cosechar.

Alrededor de estos módulos destacan las áreas verdes y una fuente, también de forma triangular y color amarillo, en consonancia con el resto de la construcción. El refugio tiene capacidad para 108 personas, y cuenta con lo necesario para ofrecer una estancia mínima de un mes. El terreno donde se levanta el edificio es un área de 4,000 m².

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En su mayoría, los espacios son abiertos. "Llamamos a esta arquitectura 'ausente'. Es una arquitectura de vacíos o de silencios, sucede en los espacios no construidos, en estos patios, en los jardines, en las áreas de transición entre espacio edificado y no edificado", describe Omar González.

Los jardines y el espacio no construido cumplen con ofrecer una sensación de libertad. Y en el futuro el edificio se puede transformar en cualquier otra cosa, como jardín de niños, primaria o casa de cultura.

"La idea fue diseñar un edificio que fuera flexible, que permita insertarse en las condiciones reales que tienen los municipios. Si hubiéramos cerrado la obra de otra manera, tendrían que hacer más intervenciones para transformarlo", comenta Omar González.

El refugio tuvo una inversión de 20 millones de pesos, un presupuesto bajo para el tamaño del proyecto, lo que obligó a los arquitectos a hacer uso de su ingenio.

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"Hacer una obra para el gobierno es complicadísimo, te topas con problemas a cada paso, desde el hecho de convencer a una autoridad que es absolutamente ignorante en términos de arquitectura", comenta Omar González.

Para ahorrar costos y reducir el mantenimiento del inmueble, se empleó concreto aparente para los muros, con un sistema constructivo muy sencillo, y doble malla en lugar de varilla. Y como el edificio es completamente modular, se usó la misma cimbra en prácticamente todos los ejes.

                                      Fotos: Cortesía Omar y Hugo González Pérez/ Luis Gordoa

En una parte de los muros se colocó ladrillo para crear un muro térmico al interior de las habitaciones y evitar sistemas de calefacción. El piso del edificio es de cemento pulido con color integrado, lo que le da una tonalidad cobre que recuerda al topure, una tierra muy fértil que se da en la región purépecha.

"Lo que quisimos fue traernos el concepto de ese tipo de tierra y sembrarlo en el pavimento", precisa Omar González. Los techos están fabricados con losas de concreto planas con impermeabilizante. Toda la iluminación es led o de bajo consumo.

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El edificio también tiene una cisterna con capacidad para 20,000 litros de agua y un sistema de filtrado de arenas y captación pluvial: de las losas inclinadas, el agua cae a las áreas verdes y al patio, y de las losas planas se canaliza al filtro.

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Toda la obra está pensada para un solo fin: brindar mayor confianza y seguridad.

"Es un edificio introspectivo, que está muy abierto, pero sólo en su interior, y te genera mucha comunicación con la naturaleza", expresa Hugo González.

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