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Frida Escobedo, la arquitecta mexicana que busca el silencio

Las tradiciones arquitectónicas en México necesitan un respiro, y es justo lo que propone Frida Escobedo. Tiene 37 años, es emprendedora, y su trabajo se discute en el mundo gracias a su estilo práctico y a su eclecticismo.
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frida-escobedo - (Foto: Cortesía Frida Escobedo / Cuauhtémoc García)

Nota del editor: Esta nota se publicó originalmente en la edición de octubre de 2017 de la revista Obras, Monumentos a la Impunidad.

Frida Escobedo llegó a la arquitectura por azar. Su adolescencia se tejió con los mismos hilos que entrelazan cualquier otra adolescencia: la duda, la inquietud y la pasión.

No imaginaba sus manos envolviendo un plano o sus zapatos caminando alrededor de una construcción. Estaba indecisa entre las artes plásticas y el diseño, pero al final pensó que la arquitectura podría darle una base en caso de que no le terminara de gustar, y que, con el tiempo, podría cambiar de carrera. "Pero me enamoré en la primera semana", recuerda entre risas.

"Es importante rodearte de gente que
te cuestione, que te rete, que te enseñe
cosas y de quien puedas aprender”.

Un arquitecto, como cualquier otro creativo, debe abordarse a partir de sus orígenes. Es su familia, su formación y su entorno lo que define el material de su estructura. Escobedo, en concreto, nació en la Ciudad de México y vivió una buena parte de su vida en la colonia Chimalistac, rodeada de esas construcciones de piedra volcánica, calles empedradas y una vegetación aromática propia del Pedregal de San Ángel.

Es una colonia cargada no solo de energía, sino de historia y de una vibra cultural únicos en la capital, describe la arquitecta.

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Quizá por eso le guarda especial cariño a este rincón urbano. Es en esta zona donde aún vive su madre.

Tenía 24 años cuando fundó su primer despacho, Perro Rojo, junto con el también arquitecto Alejandro Alarcón. Uno de los proyectos más memorable de esta sociedad es la Casa Negra, una pequeña vivienda sostenida por cuatro columnas de concreto que se ve a lo lejos al ir por la carretera, a las afueras de Cuernavaca. La vivienda permanece, pero la firma se disolvió tiempo después.

Fotos: Cortesía Frida Escobedo / Rafael Gamo 

Escobedo siguió haciendo algunos proyectos de forma independiente. Fue en esa época cuando participó en el proyecto de remodelación del hotel Boca Chica, en Acapulco, junto con el arquitecto y artista José Rojas.

Con bloques color blanco en el exterior y un tono azul aguamarina en las estancias interiores, los jóvenes imprimieron un toque vintage y devolvieron la vitalidad al edificio de los años 50.

Fotos: Israel P. Vega

El hotel, propiedad de Grupo Hábita, tiene una vista privilegiada a la isla de la Roqueta, y fue famoso, entre otras cosas, por haber sido el refugio de la élite hollywoodense de mediados del siglo pasado, y por haber sido locación para algunas escenas de Fun in Acapulco, una cinta donde participó Elvis Presley.


"Hay obras que hoy te gustan muchísimo, pero en otro tiempo las odiaste o las sufriste".


La Tallera, un regalo a la ciudad

En 2006, Escobedo fundó su Taller de Arquitectura, donde ha realizado la mayor parte de su portafolio, del que ella misma no tiene ningún favorito . "Cada uno es diferente —explica—. Hay obras que hoy te gustan muchísimo, pero en otro momento las odiaste o las sufriste".

Solo por escoger, se puede hablar de la remodelación de La Tallera, en Cuernavaca. Este lugar sirvió como casa y estudio de David Alfaro Siqueiros, uno de los máximos exponentes del movimiento muralista mexicano.

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La arquitecta explica que el reto fue plantear un proyecto que se pudiera ejecutar con los mismos recursos del edificio original e invertir lo menos posible, pero que los materiales, al mismo tiempo, fueran de calidad y que envejecieran bien para evitar su constante mantenimiento.

"Fue mi primer proyecto público, un aprendizaje grande—admite Escobedo—. Era trabajar con obra de Siqueiros y conectarla en un espacio público, hubo una combinación entre las limitaciones y todo el potencial que ofrecía el proyecto".

La Tallera reabrió en 2012 como museo, taller y residencia artística. Dos murales en el exterior, antes al fondo, casi ocultos, ahora dan la bienvenida al público en una nueva explanada donde.

Fotos: Cortesía Frida Escobedo / Rafael Gamo

"Una faceta importante de esta obra es la relación del edificio con el espacio público", explica Louise Noelle Gras, especialista en arquitectura y quien participó en el jurado del Premio Latinoamericano de Arquitectura Rogelio Salmona: espacios abiertos/espacios colectivos.

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Ese concurso premia obras que tienen al menos cinco años de historia a fin de analizar cuál ha sido su impacto en el entorno y el estado físico de la construcción con el paso del tiempo.

En octubre de 2016, La Tallera quedó como finalista. "Es un trabajo de generosidad, porque, además del magnífico logro arquitectónico, Frida le regaló algo a la ciudad, al habitante común y corriente. No cualquiera lo hace", agrega la académica del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

 "Hay que actuar con empatía hacia el otro, ser muy sensible de lo que los demás necesitan, es algo que mi familia siempre me ha inculcado".

 

Soy 'pata de perro' 

Frida se autodefine como un ser ermitaño que pasa más tiempo mirando las formas, las líneas y los reflejos.

Se dice mucho sobre su formación en la Universidad Iberoamericana, su maestría en Arte, Diseño y el Dominio Público, por Harvard, sus premios en concursos y bienales, y que a sus 37 años está al frente de su propio despacho.

Pocas veces se habla su gusto por el jazz o de que siente una especial fascinación por las calles pedregosas del sur de la Ciudad de México, y más importante aún, de que hay un instinto en su naturaleza que choca con la monotonía de los días.

"Estoy peleada con la rutina, tal vez por eso soy 'pata de perro' —dice Escobedo en entrevista—. Siempre que me invitan de viaje digo sí, y luego pregunto para qué, porque me gusta viajar, conocer cosas y romper la rutina".

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De Von Humboldt a Escobedo

La arquitecta comparte el gusto por los viajes con Alexander von Humboldt, naturalista alemán que, entre 1799 y 1804, viajó al continente americano sacudido por una curiosidad genuina.

A ambos personajes no solo los vincula el amor por las travesías. A veces, cuando imparte conferencias sobre su trabajo, le gusta proyectar uno de los dibujos realizados por el explorador. En esa imagen, a lápiz, se ve una montaña partida por la mitad. Es un corte transversal de las rocas de la elevación.

La arquitecta explica que el también geógrafo quiso representar la vegetación de las Islas Canarias, pero en el dibujo, contradictoriamente, casi no se observan plantas, ni una sola mancha de musgo: solo las piedras expuestas, desnudas; son el cimiento y sin ellas y sin sus minerales no habría vegetación. La cimentación es el origen y ésa es la idea que Escobedo tiene sobre la arquitectura.

Como en el dibujo de Von Humboldt, las obras de la mexicana son transparentes en cuanto a su propuesta y su función: un estilo muy pulcro, que mezcla lo moderno con lo tradicional y que busca conectar de manera orgánica con el entorno. Sobre todo, con las personas que habitan ese ambiente.

En su trabajo, los materiales funcionan como una piel que absorbe la historia y cultura del lugar, y que a la vez permite captar el paso del tiempo.

La propuesta de Escobedo es flexible: puede elegir trabajar en un proyecto cultural —como la remodelación de la librería Octavio Paz, del Fondo de Cultura Económica— o en algún proyecto privado, como los dos hoteles que tiene ahora en proceso.

"Siempre nos emociona trabajar en proyectos públicos porque tienes contacto con mucha más gente, y en el caso de proyectos privados es más una cuestión de química, de quién te busca y qué está buscando de ti", explica.

"Es mucho de feeling, tiene que ver con qué valores compartes con esa persona, compañía o institución, y cuál es su idea de lo que debe ser un espacio".

Es poco común escucharla hablar de ella en singular. Desde 2006 está al frente de su propio despacho, donde actualmente trabajan cinco arquitectos, una persona que lleva la administración y tres becarios, más la gente que se suma según los requerimientos de cada proyecto.

Su oficina, en la colonia San Miguel Chapultepec, al poniente de la Ciudad de México, es un espacio donde pocas veces se escucha música: a Escobedo le gusta "evitar el caos".

Si bien hay temporadas en las que ella está más tiempo fuera, ya sea para dar clases en la Universidad Iberoamericana, impartir conferencias o visitar clientes potenciales, lo cierto es que le gusta estar en el estudio y tocar base con su equipo, que se mantiene pequeño porque así lo ha querido.

"Me da mucha tranquilidad pensar que mi trabajo no depende de una gran maquinaria, sino de rodearme de gente con mucho talento, que comparte los mismos intereses que yo, y si tengo un equipo de una o dos personas, disfruto igual que si tuviera cinco o 10", comenta.

"Mi idea de éxito es ésa, y no tener una oficina muy grande, llena de gente y con miles de proyectos".

Los cimientos de la historia

El trabajo de Escobedo destaca, sin duda, por una búsqueda por sacar el máximo provecho de los recursos a su alcance, no solo económicos, también espaciales. Su naturaleza creativa es ecléctica con un sustento en las ideas.

En el portafolio de la arquitecta hay una silla que presentó en 2016 durante la exposición 100 años, 100 sillas, en el Museo Franz Mayer de la Ciudad de México. También realizó el diseño museográfico de la exposición Bajo un mismo sol, en el Museo Jumex. Incluso participó, junto con Natalia Gálvez, en la remodelación de una sección del Jardín Botánico de la UNAM.

"El trabajo de Frida tiene toda una reflexión filosófica y un trabajo analítico donde el proyecto tiene como consecuencia algo formal", explica el arquitecto Mauricio Rocha, quien fue tutor de Escobedo durante la Beca Jóvenes Creadores del Fonca y quien la ha recomendado a otras becas, como la Arquitecto Marcelo Zambrano, que otorga Cemex.

"Hacer un trabajo de museografía y luego de arquitectura no son cosas disímbolas. En la medida en que tengas una diversidad de acciones que construyan, estarás concentrado en lo más importante de tu trabajo, que es el pensamiento".

Rocha, cuyo trabajo se caracteriza por su visión social, y en consecuencia política y filosófi ca, volvió a coincidir con la arquitecta cuando él también quedó como finalista en el concurso Rogelio Salmona, con su proyecto de la Escuela de Artes de la Universidad de Oaxaca.

"Tengo un cariño especial hacia Frida —dice—. Siempre busca algo fino, silencioso, cuidadoso, con pocos materiales y permite, desde ese lugar, preponderar la experiencia de quien habita un espacio".

Aunque ha participado en espacios de talla global, como la Trienal de Arquitectura de Lisboa, en 2013, y ha quedado finalista en la iniciativa Rolex Mentor & Protegé —un programa en el que jóvenes creadores aprenden de fi guras consagradas en sus respectivas disciplinas—, a Escobedo pareciera importarle poco la fama.

Lo que le interesa es seguir conectando con lo público, trabajar en diferentes escalas y con gente cuyas voces agiten el avispero de la creatividad.

"Es importante rodearse de gente que te cuestione, que te rete, que te enseñe cosas y de quien puedas aprender —opina la mexicana—. Pero también hay que actuar con empatía hacia el otro, ser muy sensible de lo que los demás necesitan, es algo que mi familia siempre me ha inculcado".

 

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